1814: el Bicentenario infame.


 
Bolívar comandando el Éxodo a Oriente. Pintor Juan Lovera partícipe del hecho.                                                


 El bicentenario de la guerra popular de 1814 no se puede celebrar. Los levantamientos populares y étnicos son infames.  No pueden ser conmemorados. Si no, dejarían de ser populares. No caben en ningún protocolo. Desnudan al oficialismo acomplejao, lo ponen en su sitio, en el campo de la Representación y la impostura.

La mejor conmemoración de 1814 es la de las Guarimbas que expresan el mismo miedo del mantuanaje. La mejor proclama es la del documental Caracas, ciudad de despedidas, que refleja una élite aterrorizada por el malandraje. El mejor monumento es el Barrio que les dice: los negros y los indios llegaron a la ciudad para quedarse y “convivir” con ustedes. Todas ellas relatan  el mismo pánico que describe una cita de Juan Uslar:   

“no nos podemos dar un una idea de lo que fue el terror para aquella gente de Caracas en ese corto, pero largo lapso que va del 15 de junio al 7 de julio de 1814. Todo lo que podamos escribir y pintar es un pálido cuadro de lo que fue la realidad. En Caracas hubo terror de verdad cuando se supo que Boves venía sobre la ciudad, triunfante y sin encontrar obstáculos de ninguna naturaleza, y lo que era más desesperante para ellos, sin poderselos presentar. Y el balance que todos los caraqueños se imaginaban era terrible. Las niñas violadas, los hombres asesinados, las casas saqueadas, las iglesias quemadas, los aristócratas alanceados, las partes sexuales arrancadas, los esclavos convertidos en señores, las señoras vendidas y tratadas como esclavas, la sangre, la grosería, la nada” (Juan Uslar Pietri, 1968, p.137)
Hace 200 años Bolívar y sus mantuanos huían hacia la nada, hacia el exterior. Atrás quedaría la campaña “tácticamente” admirable de rápidos comandos militares que nunca escucharon al pueblo. Enterrada quedaría la “guerra a muerte” a los españoles porque el pueblo venezolano sería comandado por un asturiano que no prometía más que la muerte de los blancos.

No quedaría una ciudad en pie: Valencia, Caracas, Barcelona, Cumaná quedarían desoladas,  como si 300 años de “conquista” no hubieran aportado más que caballos a los bárbaros. Ni siquiera pólvora fue necesaria para borrar del mapa las islas de protección de los invasores.  Se acababa de facto el modelo colonizador que nuestros patriotas seguían conservando. 

La muerte de Boves, por la lanza de Zaraza, permitirá que los llaneros sean el sujeto privilegiado de la independencia, después de que emergiera el liderazgo de Páez (un asesino que se escondía de la Ley) sobre la misma gente de Boves.  Bolívar admirablemente le concederá el mandato militar y político como única opción para hacer la guerra. Y tendrá que ceder ante un Negro Primero que se cansó de alancear blancos bajo el mando de Boves. He allí la destreza de Bolívar como político realmente admirable.

A 200 años del “Éxodo a Oriente” todas las celebraciones bicentenarias no quedan sino como celebraciones que hace la burocracia a la burocracia.  El 5 de julio y el 19 de abril fue cuestión de élites blancas y burocracias. El pueblo no celebra al pueblo porque lo hace todos los días. No necesita celebrarse a sí mismo en ningún protocolo porque lo celebra todos los días en la lucha y el festejo diario. Esto lo aprendió Bolívar a partir de esta Rebelión que cambió el carácter de la lucha patriótica venezolana. El pueblo, que venía de las Rochelas, le diría a Miranda: “sin Bochinche no hay Historia”. En Venezuela, las campañas admirables fracasan en menos de un año gracias a las rebeliones infames.


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